¡Revolución! (Relato en honor a Nelson Aguilera) Por Juan de Urraza

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1395972_663035243741690_1744822392_nNelson posó sus manos sobre el teclado, sudoroso. No era el teclado lo que sudaba, sino él que transpiraba, y goteaba saladamente sobre el mismo, desperdigando las mismas con sus dedos sobre la teclas, creando un empaste de sudor y mugre bastante desagradable. Todavía no creía lo que había oído minutos atrás, de boca de su propio yo del futuro, que había “pasado” a saludarlo, y a contarle una historia increíble, que debía transcribir, yendo en contra de toda lógica posible. No sabía si se estaba volviendo loco, o si realmente eso había ocurrido, pero ya se había puesto manos a la obra. Su yo “viejo” decía haber llegado del año 2043, y le contó, rápidamente sobre un negro futuro en el que la humanidad vivía, causado por un hecho en el que él estuvo envuelto como personaje principal, en el pasado. Le habló de la aparición de la “LEY PASIVA DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL”, basada en la jurisprudencia que sentó el conocido y mal llamado “Caso Garay”, donde él era encarcelado por un supuesto plagio que no cometió, pero que de todos modos llevó a una sentencia nefasta y a una cultura de erradicación del plagio que coartó las alas de todos los creativos a nivel mundial. Porque el mundo fue diferente desde aquel día. Las corporaciones dueñas de los derechos de muchos productos intelectuales, lentamente, como un cáncer empezaron a crecer, e impedir que los creativos de las nuevas generaciones repliquen, aunque sea levemente, las historias y acontecimientos que sus narradores contaron alguna vez, sobre las cuales tenían la propiedad de derechos de autor. Ese mencionado caso, sentó las bases de lo que se convertiría en el “Estado Fiscalizador”, una especie de Gran Hermano, que desde sus ministerios de Industria y Comercio, así como de Educación, vigilaban cada nueva obra artística a la luz de las obras anteriores, y si encontraban cualquier similitud, entonces metían preso a los plagiarios a cadenas cada vez más largas y crueles, para impedir que nadie creara, o extendiera, obras que tuvieran relación con las administradas por los dueños de los derechos. A esa altura, en su futuro, según explicó, quedaban 3 grupos editoriales principales en el mundo, que a su vez formaban parte de conglomerados aún mayores de Música, Cine y diversas artes. Así, Penguin Random House acaparaba casi todas las historias eróticas, thrillers, e históricas, Planeta se centró en historias costumbristas, de amor, y aventuras, y el grupo Plastelart, todo lo que fuera ciencia ficción, fantasía y horror. Solamente los escritores que firmaban con esas corporaciones podían escribir sobre esos temas, y si una novela incluía diversas temáticas (por ejemplo, una novela de ciencia ficción pero con componentes históricos), los grupos arreglaban detalladamente el acuerdo y el porcentaje de ganancias sobre el precio de venta, para ceder los derechos de explotación de la temática al otro grupo, tal cual ocurría con las patentes de invenciones en otras áreas del saber humano. Esto significaba que la creatividad había quedado estancada, que los escritores debían atarse a alguno de los tres grupos para poder escribir algo, y que fuera una idea descabellada no hacerlo, puesto que todas las historias que se pudieran ocurrir a cualquiera ya habían sido narradas de alguna forma, en alguna ocasión, por algún autor en algún libro, alguna vez. Y si bien los libros pasaban a ser de dominio público 50 años luego de la muerte del autor, estos grupos de poder tenían tantos libros semejantes en su haber, que de seguro habría alguno aún protegido al cual estarían plagiando ideas si se analizaba en profundidad su colección. El viejo Nelson le contó al joven que él había, esta vez, viajado, realmente, al pasado, y había visto con sus propios ojos la “revolución de Diciembre de 1813”, en Paraguay, y hasta participado en ella. No había ido acompañado ni de un abuelo sabelotodo ni de una tortuga parlante, sino que había ido solo. Allí urdió un plan, ahora estaba de regreso antes de volver a su tiempo, para aleccionar a su previo yo. Al joven Nelson le quedaba únicamente como tarea escribir la nueva historia que le habían contado, que aunque le parecía asombrosa, pero según él mismo (él viejo, me refiero), sería lo mejor para todos, y para él mismo. ¿Cómo sucedió esto?, pues nada, alguien que supo de su pasado difícil, causado justamente por el Caso Garay, había llegado de un futuro mucho más lejano y le había regalado una máquina para viajar en el tiempo, como premio por su esfuerzo en intentar evitar (en vano) el oscuro precedente que sentó el plagio. Era una hermosa mujer, veleidosa, que sólo le había dado su nombre de pila: Alicia. Ella tuvo la brillante idea de regalarle la máquina, conmovida por su historia y las repercusiones que trajo consigo. Estas máquinas eran muy caras, se habían inventado 5 años atrás (de aquel tiempo), y estaban, en general, prohibidas en su uso salvo para temas militares y gubernamentales, lo que no impidió que ella se hiciera con una, y decidió prestársela a Nelson, para que al menos conozca una verdadera máquina del tiempo. El origen de la mujer era un misterio, y solamente le dijo que se la entregaba para así poder “solucionar este entuerto”. Luego se retiró y no supo más nada de ella. Nelson ya era un hombre viejo cuando esto sucedió, rondando los 70 años, pero, energético como siempre, no dudó en usarla, viajando directamente a la época de la revolución, antes de visitarse a sí mismo en el 2009. La primera recomendación que le dio el viejo al joven fue que, para la historia que estaba escribiendo sobre una tortuguita que viaja en el tiempo, no use el recurso de la máquina del tiempo, el túnel del tiempo, ni el recurso onírico de haber estado soñando viajar en el tiempo. El mejor recurso era, según él, que el tiempo simplemente empezó a retroceder repentinamente, por obra y gracia de algún acontecimiento que la ciencia nunca pudo dilucidar, llegando hasta el momento exacto de la revolución de Mayo. Y luego continuó hacia adelante. Cómo si hubiera tosido el universo, dado un paso hacia atrás, y luego continuado. Sólo que la tortuga, en ese momento, estaba escondida en su caparazón y no se enteró, y cuando despertó, ya estaba en el pasado. Un recurso así nadie lo había narrado nunca, y por lo tanto no podría reclamarse falta de originalidad. En segundo lugar le narró los hechos de la revolución libertadora de Paraguay que todos conocían y aparecía en los libros de historia: ocurrida el 13 de diciembre de 1817. Los héroes fueron Francisco Gonzaga, Fernando Torres, Marcio Páez, y el Dr. Gaspar Rodríguez de Francia. Le recordó los nombres de varios mártires que no fueron parte de la verdadera revolución, puesto que habían sido asesinados a principios de 1811 cuando se descubrió que estaban confabulando contra la corona. El Dr. Francia era el único que, con sus artes del engaño, había logrado escabullirse de ese intento fallido y logrado participar del segundo, esta vez, con éxito. El gobernador español en 1817 era Graciano Torrevieja, que había reemplazado a Velazco, al haber muerto éste en 1814 a causa de la disentería. Los nuevos revolucionarios, habiendo aprendido de los mártires previos, urdieron otro plan. Envenenaron la comida de una cena de gala que se llevó a cabo en la fecha mencionada, matando al gobernador, soldados, jefe de policía, y a la gran mayoría de los hombres fuertes del régimen. Era una época ya sumamente calurosa, y nadie pasó frío. No hubo campanadas de la catedral ni 12 cañonazos en la plaza, ni festejo alguno, es más, mucha gente tardó meses en enterarse del cambio de gobierno. No hubo pueblo que saliera a festejar. Sólo los revolucionarios sacaron los cuerpos ya tiesos a la plaza, y los quemaron en una gran pira. La gente estaba asustada, en realidad temía una represalia de los españoles, y no estaba interesada en ser soberana. Pero, debido a problemas de la corona, no pudieron ocuparse de Paraguay a tiempo, y, cuando intentaron hacerlo, ya era tarde, se había consolidado la patria, y ya no podían retomarla. Luego vino todo lo que ya se sabe: la primera gran dictadura, los López, la Guerra grande, y todo lo demás. El viejo Nelson entonces le dijo al joven: —Pero no puedes escribir sobre esto. Si lo haces, el mundo será un lugar gris, donde la creatividad estará confinada, donde los pensadores no podrán expresarse. Tú debes contar otra historia, una diferente. Nelson joven se negaba, no concebía narrar algo diferente a lo que los libros de historia le contaron desde siempre. —¡Nelson! —le reclamó. —¡Esa verdad que defiendes es solamente una verdad posible! ¡Pero no la única! Yo vengo del pasado, probé adelantar los hechos verdaderos, para que la historia cambiara, y de ese modo no sucediera lo que pasó con el “Caso Garay”. Pensé que si la historia era diferente, esto no sucedería. Viajé a 1811 y gesté una nueva revolución, y fue mucho más bella, colorida, y feliz que la de 1817. Sólo que al cambiar el pasado, ambos escribieron sobre el mismo pasado nuevamente, sobre el que yo había creado, y se repitió el ciclo, al haber cambiado la historia. De eso me di cuenta al volver a mi tiempo. Entonces, lo que decidí hacer, fue regresar otra vez al pasado, detenerme a mí mismo y a mis planes, originales, y dejar que la historia fluyera tal cual fue en el caso original. Y luego, decidí venir a este momento, y contarte otra historia de la revolución patria, o al menos una alternativa que por un tiempo, alguna vez, fue real. De modo a que la escribas, y que en el mundo se sepa lo que podría haber sucedido. Obviamente que va en contra de todo lo que dicen los libros de historia que conoces, en este tiempo. Pero lo que te cuento también ocurrió, en otra realidad paralela. Allí es la verdadera verdad, y, cuando tengas mi edad, irás y la recrearás, en la máquina del tiempo, y verás que no te engaño. Esta es una historia mucho más fabulosa o entretenida que la que conoces y has leído en los libros de historia, muy interesante, y conociendo tu creatividad, que estoy seguro de que le darás el toque mágico que necesita para que sea más divertida para los niños. No servirá como material de estudio en los colegios, pero sí para entretener a los chicos y que expandan su mente, pensando “cómo podría haber sido” un Paraguay diferente, un Paraguay libre desde mucho antes. Ese es tu desafío. El anciano, luego de esta arenga, se despidió y regresó a su tiempo. El joven Nelson, entonces, tomó todas las notas e historias del viejo, y rearmó con ellas el libro, narrando los increíbles sucesos que escuchó de sí mismo. ***** Al llegar a su tiempo, el viejo Nelson se dio cuenta de que todo había cambiado. Con solo echar una mirada a su biblioteca, y a la TV, que se hallaba encendida. La literatura estaba en su mayor apogeo, luego de décadas luchando contra medios alienantes. El “Caso Garay” no existía, ni el temor a ir preso por cualquier historia que alguien escribiera. Es más, las patentes se habían abolido, y se estaba en una era de creatividad sin límites, y de trabajo cooperativo en la construcción de ideas, historias, y conocimiento. Él sonrió. El mundo era un lugar mejor. Caminó rápidamente hasta los estantes, y tomó el libro “Karumbita, la Patriota”, el cual releyó. En él, la tortuga viajaba a cinco años antes de lo que sería la revolución de diciembre de 1817, y, sin darse cuenta, ayudaba a adelantar la independencia patria, de forma a evitar que esos mártires de la revolución de 1811, casi desconocidos, murieran sin cumplir su destino. Era una historia de fantasía, pero sumamente reconfortante. Bello libro, por cierto. Contenía confabulaciones, nuevos próceres desconocidos (Yegros, Francia, Cavallero, Molas, Iturbe y otros), contraseñas, un callejón histórico, noches de frío, comida típica, el enfrentamiento con el gobernador Velasco, flores rojas, blancas y azules, salvas de cañones, gente con algarabía en la plaza, y el grito de “¡LIBERTAD!”.

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